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A lo largo de la historia la sociedad ha sido siempre controlada por un poder vertical, que en sus diferentes variantes, nunca ha demostrado ser válido para garantizar el bienestar de todos los que la componen.

Nos encontramos en un momento de incertidumbre ante una crisis económica, cuyas dimensiones y posibles consecuencias son desconocidas por la mayoría de nosotros. Como ciudadanos, percibimos falta de transparencia por parte de las clases políticas e intuimos que seremos principalmente la sociedad civil, los que sufriremos más duramente sus consecuencias, como ha ocurrido siempre en el devenir de la historia.


Nuestro proyecto va dirigido a encontrar nuestro valor como individuos para comprobar el propio poder y conectarlo entre todos a modo de red.
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El nuevo poder de la sociedad civil

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Crisis económica, una oportunidad para el cambio
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La astrología, de la cual nacerá mucho más tarde la astronomía, es casi tan antigua como el alfabeto y ha sido patrimonio de sociedades tan arcaicas como los asirios y los babilonios. Se ha practicado en culturas tan distintas como la hindú, la china, la egipcia o las culturas pre-colombinas. Esencialmente podría definirse, con todas las limitaciones en que incurren las definiciones, como el estudio de las relaciones entre las configuraciones celestiales y los acontecimientos terrenales, sean éstos personales, sociales o naturales. Es asombroso constatar que la humanidad podía determinar las posiciones astrales mucho antes de contar con instrumentos tales como el telescopio, es decir: se han requerido generaciones y generaciones de “observadores del cielo” para poder diferenciar entre constelaciones (llamadas “estrellas fijas”) y planetas (los cuerpos que integran el sistema solar), y para poder estimar los ciclos planetarios, es decir: el tiempo aproximado que tarda un planeta determinado en dar la vuelta al Sol y recorrer así los doce signos.

Es probable que la astrología se haya constituido a partir de la necesidad humana de orientación. Antes de la brújula, los navegantes se orientaban -y también lo hacen hoy- por las posiciones celestiales. Esta necesidad de orientación (palabra que proviene de “oriente”, es decir: por donde nace el Sol) no era sólo geográfica, sino y ante todo existencial: en medio del laberinto de incertidumbres que configuran la existencia terrenal, el cielo muestra un modelo de orden y de regularidad en la constancia de los ciclos día-noche, de las estaciones, de las fases de la luna y así sucesivamente. La palabra “astro” significa “errante” Es casi natural que el ser humano haya percibido una similitud entre la situación de los “errantes en el cielo” y los “errantes en la tierra”. Ha habido filósofos que han caracterizado la situación existencial del hombre como “errancia”, por ejemplo Kostas Axelos: estamos aquí en la tierra provisionalmente, y nuestro paso por la existencia es asimilable a un viaje. El tema del “viaje” y del “viajero” es tan antiguo que se pierde en la memoria de los tiempos, y se expresa en todas las culturas: desde la metáfora bíblica del “pueblo elegido” en exilio y en busca de la “tierra prometida” hasta la Odisea homérica, desde el clásico de Hollywood “El mago de Oz” hasta la saga de “Star Treck”. Los planetas -y en especial el Sol y la Luna- son viajeros que atraviesan diversas “estaciones” significadas por los signos del zodíaco. El “viaje anual” del Sol a través de los doce signos del zodíaco es asimilable a tantos temas míticos como Hércules y sus doce trabajos, o a imágenes simbólicas como la de Cristo entre sus doce apóstoles. Este viaje del Sol por el zodíaco, se refleja en las cuatro estaciones terrestres, y ha sido dramatizado como un tema de nacimiento, muerte y renacimiento. Estos ritmos cuaternarios se manifiesten de diversidad de maneras: las 4 fases lunares, las 4 edades de la vida (infancia, juventud, madurez y vejez), los 4 puntos cardinales, los 4 momentos fundamentales del día (alba, medio día, ocaso, media noche), los cuatro temperamentos hipocráticos, etc. En astrología este cuaternario se expresa mediante las imágenes de los cuatro elementos: fuego, tierra, aire y agua.

La Astronomía se constituye en una ciencia tanto por su método como por su objeto. Su objeto, grosso modo, es el estudio de la naturaleza física de los planetas y del universo. La astrología, en cambio, pertenece al reino de lo simbólico: el astrólogo estudia a los planetas como símbolos de experiencias esencialmente humanas (o de maneras fundamentales de categorizar las experiencias). Así, para el astrónomo Venus es un planeta relativamente cercano al Sol, con una determinada constitución material, mientras que para el astrólogo Venus simboliza la fuerza de atracción que se expresa en el amor, en la aspiración a la armonía, en la apreciación de la belleza, en la búsqueda del acuerdo, y en lo que los griegos llamaron el ideal de “kalokagathía”: la unidad, la belleza, la bondad. Así, el planeta Venus más que un objeto en sí, es para el astrólogo un símbolo que puede manifestarse en una inagotable diversidad: en el plano físico (como las venas en el cuerpo), en el plano personal (el sentido de belleza, el establecimiento de sistemas de valores, la capacidad de amar), en el plano social (el matrimonio, las asociaciones), en el plano político (las relaciones diplomáticas, los acuerdos), etc. Es este arraigo en la actitud simbólica lo que, a mi juicio, implica que la astrología no es, ni será, una disciplina científica, lo cual no tiene acento peyorativo: al fin y al cabo ni la filosofía, ni el arte, ni la religión, ni la búsqueda de la felicidad son actividades “científicas”, ni tienen por qué serlo. Es más, la astrología parte de una colocación ante la existencia esencialmente no-científica: el presupuesto de que en el cosmos hay una serie de “afinidades” o “similitudes”, de tal manera que “todo” resuena en “todo”.

Sin duda, hay astrólogos que intentan establecer una justificación científica de la astrología, pero no veo cómo puede “probarse” que hay una correspondencia “objetiva” entre la Luna, los sueños, la imaginación, los sentimientos, la intuición, el agua, la familia, el aparato digestivo, la infancia, la madre, la maternidad, la matriz, la brujería, la “feminidad”…y tantas otras “correspondencias” que, sin embargo, parecen validadas por la mitología, la poesía o la actividad onírica. En mi opinión, la astrología pertenece al ámbito de lo imaginario -o para decirlo aún con más precisión: de lo imaginal. La astrología es ante todo un lenguaje surgido de la imaginación, que no es en absoluto arbitrario. La imaginación tiene sus propias leyes, y son estas las leyes que se expresan en la investigación astrológica.

Así, hay una técnica astrológica sumamente difundida, que se conoce como “progresiones secundarias”. Esta técnica consiste en averiguar las posiciones planetarias a partir de “x” días del nacimiento de una persona, y establecer una afinidad con los procesos y acontecimientos que le afectarán a los “x” años de su vida. Es decir: las posiciones celestiales que se hayan formado a los 20 días de mi nacimiento estarán en correspondencia con mis experiencias (tanto íntimas como “externas”) a los 20 años de edad. Esta analogía: un día de vida-un año de vida, es totalmente simbólica y no puede justificarse por ninguna influencia “causal”. Dicho de otro modo: es imposible que las posiciones planetarias que había en el cielo el vigésimo día de mi nacimiento “causen” o “provoquen” las situaciones que aparecen en mi vida a mis veinte años.

Dicho de otro modo, el modo de enfoque “causal” es inoperante en la astrología. ¿Implica esto que la astrología carezca de validez? En absoluto, si por validez se entiende capacidad de “orientación” y “reconocimiento”. Así, el tema natal (es decir, el mapa de las posiciones de los planetas del sistema solar para el momento y lugar del nacimiento) se constituye en un “símbolo” que preside, orienta y configura el propio desarrollo y, si se quiere decir, el propio “destino”. Pero la cuestión del “destino” elude también la problemática científica y nos remite a una preocupación existencial. ¿Hay algo así como el “destino” y, de haberlo, es equivalente a la “fatalidad”? Mientras más se sumerge uno en el estudio de la astrología, más y más respuestas iluminadoras aparecen a estas cuestiones. En mi experiencia, la astrología no hace sino confirmar lo que ya Heráclito expresó al decir: “El carácter es, para el hombre, su destino”. Esto es una traducción aproximada, ya que la expresión empleada por Heráclito por “carácter” es “ethos”, y “destino” es una traducción aproximada de la expresión “daimon”. “Ethos antrophos daimon” puede entenderse como: la manera de instalarse en la existencia rige el despliegue de la propia vida. En mi experiencia, la astrología no hace sino confirmar una y otra vez este adagio.

Publicado en el periódico La Vanguardia, Barcelona.
 

Publicado en: Espiritualidad
Email del autor: gabriel@pangea.org

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José María Hernández
# Jose María Hernández
viernes, 27 de septiembre de 2013 21:28
Excelente artículo. Algunos apuntes: La astrología fue objeto de persecución por la religión y tachada de brujería. Había miedo a que alguien pudiera alcanzar determinados conocimientos al margen de lo canónico y por ello fue defenestrada y objeto de burla. Creo que el ser humano ha perdido muchísimo tiempo en este campo al ser considerado como una nadería.

Si una persona nace en un lugar, su desarrollo está condicionado al mismo. Si esa misma persona nace en otro, no será la misma, no hablará ni la misma lengua. ¡Cuánta es entonces la influencia del lugar donde nacemos! ¡Cuánta mayor, entonces, si naces en el planeta tierra del sistema solar y no en otro planeta de otro sistema solar o, incluso de otra galaxia. Si todo el Universo es uno y nosotros una infinidad de él, ¿No estamos sujetos al mismo, no somos influenciados por él?

En cuanto a la imaginación, siempre me he preguntado: Si como ser inteligente tengo la capacidad de imaginar lo que se me ocurra, ¿Quiere esto decir que no existe lo que imagino? ¿Cómo puedo imaginar algo si no existe? El que ese algo no exista aquí, no ha de significar que no exista en otro espacio-tiempo, en otro lugar de este infinito Ser del que somos parte.

En cuanto al destino considero que haberlo haylo. Es como si hubiera un gran libro ya escrito donde todo cuanto ha de ser será y donde todo cuanto será es porque ya lo es. Es como el centrifugado de cualquier lavadora. Todo está contenido en su tambor, cada cosa es distinta a la otra, pero todas comparte el mismo espacio. Cada una tiene sus propiedades, cada uno es diferente pero todas se mueven en la misma dirección que el tambor les ordene en cada momento y, tras un estudio minucioso y detenido, el observador podría determinar que tal o cual prenda hará su giro de tal o cual manera, dentro hay libertad de movimiento. Depende de las influencias que cada prenda establezca a las demás, influencia que cada vez será distinta a la anterior y esto es lo que lo hace impredecible, es lo aleatorio del sistema. En esta situación hay un elemento externo que puede detener el giro o reiniciarlo cuando le plazca, ¿Ocurre igual en el Cosmos? Hay algo o alguien con la capacidad de saber qué ocurrirá cuando él quiera. Este es el gran dilema. Mientras, todo lo demás son meras observaciones.

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