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A lo largo de la historia la sociedad ha sido siempre controlada por un poder vertical, que en sus diferentes variantes, nunca ha demostrado ser válido para garantizar el bienestar de todos los que la componen.

Nos encontramos en un momento de incertidumbre ante una crisis económica, cuyas dimensiones y posibles consecuencias son desconocidas por la mayoría de nosotros. Como ciudadanos, percibimos falta de transparencia por parte de las clases políticas e intuimos que seremos principalmente la sociedad civil, los que sufriremos más duramente sus consecuencias, como ha ocurrido siempre en el devenir de la historia.


Nuestro proyecto va dirigido a encontrar nuestro valor como individuos para comprobar el propio poder y conectarlo entre todos a modo de red.
¡Algo absolutamente nuevo puede emerger!

El nuevo poder de la sociedad civil

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Crisis económica, una oportunidad para el cambio
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Voy a dedicar algunos artículos a un dominio afectivo que me interesa mucho: los estados crepusculares del deseo. La apatía, la desgana, la abulia, la desmotivación, la pereza, el esplín, la anestesia afectiva, el desánimo, el aburrimiento nos acechan como aves carroñeras. Son sentimientos que devastan nuestras vidas y vale la pena conocer mejor sus mecanismos para protegernos de ellos. La mera abundancia de palabras indica que hemos topado con un tema importante, porque cada lengua ha afinado y enriquecido el léxico de aquellos asuntos que considera esenciales. No olvidemos que las palabras son herramientas para analizar y captar la realidad. Los esquimales tienen decenas de términos para hablar de la nieve y el tagalo, para hablar del arroz. Hoy me referiré a la apatía, que es la ausencia de interés o de deseos.

Es un concepto de noble estirpe filosófica, porque los pensadores estoicos consideraron que la ataraxia (la ausencia de inquietud) y la apatía (la ausencia de pasiones) constituían la única felicidad posible. Pero en su uso actual, la apatía no es esa deseable serenidad, sino una situación anómala que se manifiesta como falta de deseo, como una amputación afectiva. Un cambio parecido ha experimentado la palabra desinterés. Ser desinteresado es bueno, pero no sentir interés por nada o por nadie es nefasto.

Como sabe cualquier psiquiatra, la apatía puede tener muchas causas—depresión, fatiga, malnutrición, abuso de drogas, traumas—, pero voy a referirme a un caso muy frecuente y poco atendido: la apatía aprendida. Me anima a ello el agradable encuentro que tuve hace unos días en San Sebastián con Martin Seligman, el famoso psicólogo que describió este tipo de experiencia. La apatía aprendida se produce cuando un animal o una persona siente que ninguno de sus esfuerzos tiene éxito ni lo tendrá, o llega al convencimiento de que no puede cambiar nada en sí mismo o en su entorno. Por ejemplo, si castigamos a alguien arbitrariamente, sin que pueda averiguar lo que debe hacer para evitar el dolor, puede caer en una profunda pasividad.

Ese es un caso de impotencia aprendida, fenómeno que se ha estudiado en el caso de mujeres maltratadas. Sin llegar a esos extremos trágicos, todos podemos experimentar sentimientos parecidos. Por ejemplo, en la escuela a veces somos más eficaces en enseñar a un niño aquello para lo que no sirve, que aquello para lo que podría valer. Eso me impulsa a defender un derecho educativo fundamental: todos los niños y niñas tienen derecho a sentir alguna vez la experiencia del éxito merecido. Y es obligación de padres y docentes ingeniárselas para que eso suceda. Si me apuran, es un derecho que deberíamos tener todos, porque sentirnos capaces es absolutamente imprescindible para una vida lograda. Y hay personas que no han tenido nunca esa experiencia. Los especialistas saben que una situación de estrés continuado deteriora profundamente el cerebro de la víctima y le conduce a esa pasividad aniquiladora.

Pero también saben que el estrés es un sentimiento que no está provocado directamente por un hecho, sino por la interacción entre un suceso y nuestra capacidad para enfrentarnos con él. Si esta capacidad desaparece, o asimilamos la creencia en nuestra incapacidad, el estrés puede cebarse en nosotros. Esta es la triste historia de la apatía aprendida.

Publicado en La Vanguardia

Publicado en: Psicología
Email del autor: gabriel@pangea.org

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German  Pinto
# German Pinto
martes, 03 de mayo de 2011 7:40
No me extraña que haya apatía,y diria que hastío,hartazho de la situación catatónica en que está el mundo en general y lo de la apatia aprendida no lo sabia,ahora ya me queda más claro.En la escuela se enseña a memorizar,a veces autenticas chorradas y no se va a aprender lo importante,el desánimo entre profesores es enorme ahí sei que hay apatia y mucho mas.Ya desde la escuela nos forman para el éxito a toda costa y luego te das de bruces con la realidad ,entonces la frustración y la apatia es cuando aparecen,pero así está el sistema educativo, hecho giñapos,con leyes educativas cada dos por tres,en cada nuevo gobierno leyes al canto,no me extraña que seamos siempre los últimos en todo...........
chus
# chus
martes, 03 de mayo de 2011 9:28
Sobre el derecho reivindicado de que "los niños tienen derecho a sentir alguna vez la experiencia del éxito merecido", apunto a que también tienen un derecho, a mi juicio más importante aún, sin que desmerezca el otro (palabra clave: MERECIDO), que es el derecho a FRACASAR MUCHAS VECES.

Lo escribo en mayúsculas, casi gritando, y sin el casi. Porque ese derecho está cercenado por el sistema educativo y por la actuación tanto cariñosa como cómoda, de unos padres que por un lado desenchufan y por otro lado saturan a los hijos. Les dan todo lo que les piden, sin nada a cambio, sin que les cueste el menor esfuerzo, prolongando el perído de lactancia, sin llegar al destete, prolongando los circuitos de "lloro, porque me hacéis caso y me dais lo que quiera, como si me fuese a morir por llorar, y para que me llevéis a urgencias por si me estoy muriendo y es vuestra responsabilidad," etc., etc.,

De ahí llega una parte de la apatía, y una parte importante y radical (de raiz, no de extremismo) del problema. Las generaciones nuevas nacen y crecen con todo servido y sobre servido, y con la coartada de que "si al hijo de los Pérez se lo dan, no voy a ser menos," con lo cual se generan una serie de inercias de deseo-trabajo-consumo, en las que los esfuerzos relacionados con el trabajo se educan casi perversamente, en una confusión de modelos y de referencias.

No caemos en cuenta que la pura energía de la evolución humana en todos los ámbitos depende de la capacidad de reaccionar ante los problemas y los límites que se perciben, extrayendo la solución de la propia coyuntura de problema-pensamiento-esfuerzo-resolución. Si nos educamos en prescindir de esa energía, nuestros circuitos psícosomáticos se abren a la apatía, porque ya no recibimos el estímulo, el alimento evolutivo, y si lo recibimos, alguien lo soluciona y nos lo da o nos lo vende, a crédito paternal a fondo perdido por ej., con lo que, al no participar en las prácticas resolutivas, en las acciones, en el esfuerzo, seguimos bajo la sombra de la apatía.

El impulso motor básico del ser humno es el deseo. Este se ve alimentado por un lado por las situaciones de limitación, y por otro lado, por la emergencia de la naturaleza de cada cual, que tiende a expresarse como una semilla tiende al árbol.
Pero una semilla tiene en si el potencial del árbol y del bosque, y si crece en condiciones adecuadas, lo conseguirá. Pero en esas condiciones adecuadas figura una muy importante, que es expresar la capacidad de resolver problemas, de solucionar coyunturas adversas, de enfrentarse desarrollando músculo y capacidad, inteligencia práctica y esfuerzo, y a la postre, generando un "saber" personal. Y de ese modo se adquiere fortaleza y se realimentan los circuitos de la ilusión, porque uno "se ve y se reconoce a si mismo con capacidad de..." Por pura experiencia vital propia conseguida y asimilada, no por aprendizaje externo.

Todo lo que sea evitar esas condiciones y facilitar el progreso con ayuda externa sobrecompasiva, en realidad es un daño que se le hace a la criatura, esa criatura que, entre las aves, tiene que romper el huevo desde dentro con el pico.
Cuando se le proporciona ese tipo de enseñanza a un ser en crecimiento, se le da la mejor herramienta para que pueda afrontar lo que sea.
Por eso, es indudable que hay una asignatura pendiente, que se manifiesta en los niveles actuales de intolerancia a la frustración, que implica que, antes de aprender a tener éxito, hay que aprender a fracasar y a levantarse, a fracasar y a levantarse, una y otra vez, las que haga falta.
Lo contrario me llega a parecer una especie de guerra paterno-filial, en la que los padres torturan a los hijos dándoles las cosas al menor llanto, quizá para evitarse molestias, quizá para demostrales que ellos si que lo consiguieron, quizá porque quieren dar a los hijos lo que ellos no tuvieron y piensan que estos deberían tener o aspirar a tener... Una especie de complejo de Saturno pervertido, que devora a sus criaturas, cuando en realidad debiera ayudarlas a crecer con la presencia de su poder limitante y estimulante.

Curiosa la mención a las drogas... Curioso observar como un adicto, en condiciones deplorables, es capaz de mover el culo hasta extremos insospechados para conseguirse su dosis, dejar la apatía a un lado y buscarse la vida para la siguiente dosis, y por lo visto ¡les funciona! Poque, que yo sepa, pocos son los que lo dejan porque les cuesta conseguir su dosis, o porque les atrapa la apatía.

Otra de las causas de la apatía es que los circuitos del deseo están saturados por la ilusión y por la venta. Son otros los que se ocupan de forjar imágenes de uno mismo hacia las cuales encaminarse; los modelos que se venden como los más guays, son ajenos, y variables, de temporada, y de pasarela, con lo cual, la propia tendencia natural de la semilla de cada cual, es reconducida en el invernadero de ciclos estacionales y climáticos pervertidos del consumo, y la planta crece desviándose de su esencia: se desnaturaliza, y el reflejo identitario que el alma del individuo busca, se distorsiona al contaminarse con todas las atracciones del parque infantil de Pinocho, al que es arrastrado, una vez acallada su conciencia o anegada por las voces publicitarias del mundo.
Conclusión: uno no sabe quien es, está perdido, y sus energías están redireccionadas y conectadas al gran circuito de Mátrix, mientras duerme un sueño apático e indolente. Y a sus lados, y un poco más allá, crece un bosque de pinos o de eucaliptus cuidadosamente conformados y alineados, uniformes y apáticos, donde los pájaros ya no hacen sus nidos.

No obstante, a pesar de semejante panorama, creo que esta no es más que otra gran limitación a la que de momento estamos sometidos y que nos va a estimular en un grado mayor para crecer, para mejorarnos, para encontrarnos y destilar un deseo real de liberación que nos ayude a despertar a la vida que merece la pena, en la que la apatía sea un recuerdo olvidado.
De momento, ¡que menos que destetar del todo a la gente!
Abrazos luminosos
Chus

Eulalia
# Eulalia
martes, 03 de mayo de 2011 13:55
Qué bien explicado Chus...aparte de lo que explica Marina, juntándolo con lo tuyo, por lo que veo en mis hijos e hija, por un lado tienen todas las comodidades y caprichos de falsas ilusiones cumplidas (port aventura, colonias, internét, tele, etc, el capricho del consumo), por otro lado sus deseos más profundos (que les escuchen, que tengan en cuenta otro tipo de ilusiones, no las de meramente pasar el rato distrayéndose) no son escuchadas, sino que cada vez que intentan formularlas topan con el muro de la sordera...en el colegio y en otros entornos.....hasta que en un momento dado ya ni recuerdan cuáles eran sus ilusiones, y viven en esta apatía-superficilidad-pasar el rato con cualquier cosa que les distraiga o que les haga desconectarse de sus verdaderas necesidades.
Los chavales de hoy día son el espejo de los adultos, siempre es así. Ellos reflejan el automatismo con que sus padres emprendemos las acciones de la vida, sin ilusión, sin pasión, sin entrega, pues entre otras cosas los psicólogos y psiquiatras de hoy en día (excepto los gestálticos tipo Claudio Naranjo) ponen el grito en el cielo cuando cualquier adulto o niño se atreve a manifestarse emocionalmente en "demasía"...en esta era del control de todo, pues sólo es el ego quien quiere controlar lo incontrolable, aparece la apatía, la desidia, la falta de motivación, reflejo de la desconexión de esta sociedad de lo realmente profundo, el eros...si hasta hoy en día enamorarse está mal visto.....juzgado por los "entendidos" como inmadurez...la conexión con la naturaleza, el arte de la contemplación, de sentirte parte del todo, juzgado como místico o raro, o locura...
No me extraña que los chavales estén como estén...puro reflejo de los adultos de hoy en día...hasta creo que están mejor de lo que deberían estar...tanto se proyecta sobre ellos, tanto se les medica...
Sin embargo, en mi opinión, están mejor de lo que estábamos nosotros a su edad...sólo falta que los adultos nos pongamos en nuestro sitio...en eso estamos, creo yo...
chus
# chus
martes, 03 de mayo de 2011 15:27
Lali, ¿sabes de lo que más se queja mi chaval (15 años recién cumplidos), se amarga y suelta juramentos de súbito? Le gusta escribir. Pues cuando más se amarga es cuando comprueba de algún modo, leyendo, o viendo alguna peli, etc., que alguna de sus ideas ya estaba inventada, o la ha publicado alguien, o algún nombre de sus personajes ya está usado. ¡Se sube por las paredes!
Y es que los senderos están tan trillados, está todo tan inventado, que no les queda espacio ni tiempo. Y si encima se lo trillamos más y se lo premasticamos todo y les hipervacunamos... ¡Ay Esparta! ¡Qué tiempos aquellos!
Eulalia
# Eulalia
martes, 03 de mayo de 2011 20:55
Sí, es cierto Chus, ese dárselo masticado durante mucho tiempo inconscientemente al menos por mi parte les ha hecho mucho daño.....a los míos las injusticias, como que a mi hija la acusasen en segundo de ESO de ser cruella de vile, manipuladora utilizadora de las amigas y la enviasen al psicólogo un año después de hacerle un test psicológico en el cual salía "normal"....pero también se acostumbran a ellas...hasta que ya no protestan por nada, pues se han acostumbrado a que ese es el trato que van a recibir...en los coles te dicen, a partir de 6º de primaria, que los chavales se tienen que entrenar a sortear los abusos e injusticias de un mal profesor...se trata de que vivir sin la capacidad de defenderte sea lo normal...es fácil acostumbrarse a las cárceles cuando tienes techo comida casas colonias de verano portaventuras deberes mínimos aunque te falte lo esencial...la escucha, el mirarse a los ojos, abrazarse, compartir también la vulnerabilidad y sentirte amado/a en ella por igual....una vía solo: la de la esclavitud inconsciente...muy sincrónico con lo de Claudio Naranjo...
Para alegrar un poco los ánimos, adjunto este blog con un poema de Benedetti que corría por facebook hase ná...


http://www.poemas-del-alma.com/corazon-coraza.htm

cada cual con/en/ su película...mejor mirarla un poco de lejos y reír un rato...
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