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Ocurrió en el mar Muerto, en el lugar más profundo de la tierra, en aquellos días en que la luna llena agitaba con fuerza algunos corazones. Mi hija me contaba la existencia de una gatita de dos meses, un bebé sin madre, débil, famélica, que se encontraba en los jardines que rodeaban la piscina. Mis hijos se dedicaron a cuidarla y mimarla. Me informaban puntualmente de cualquier vicisitud en la vida de la pequeña gatita: que si otros gatos la arañaban… o que otro gato le había quitado la comida… Yo escuchaba prestando la atención justa para poder corresponder a sus inquietudes.

El último día, mientras me encontraba en la piscina, la gatita se colocó debajo de mi hamaca y se puso a dormir. Empecé a observarla mientras dormía tranquila, marcando las costillas al compás de su respiración. Aquel cuerpo frágil con pequeñas heridas en el cuello y en la cara, con su pelo dorado y despeinado. De pronto un enorme gato se lanzó a atacarla. Me levanté y con la punta de mi pie asusté al gato que huyó corriendo. La gatita se levantó cojeando. La miré sintiendo una conmoción interna, con la urgente necesidad de protegerla, su mirada de fragilidad infinita alcanzó mi corazón al instante. En esa mirada sentí la existencia del Otro, de todo aquello que está más allá de nosotros mismos y que nos hace sentir más vivos que nunca. No tuve elección, no pude pensar en la conveniencia o inconveniencia de mi decisión, solo quería salvarla de una muerte segura. Ya encontraríamos durante el viaje a alguien que pudiera cuidarla. 

Y le puse un nombre, Miel, por el color de su pelaje  y sobre todo por la dulzura que me inspiraba. Y allí empezó nuestra aventura con aquel ser de mirada de fragilidad infinita que iba a romper todos los límites que encontrara a su paso y que me ayudó a asentar la idea de amor divino que me rondaba en aquellos días.

Se adaptó a nosotros, y cambió su vida en los jardines junto a una piscina, por el asiento trasero de un coche y las terrazas de habitaciones de hoteles. Viajó por toda Jordania, compartió con nosotros los mejores momentos. Aquellas noches en el desierto, junto al fuego, escuchando y bailando música beduina bajo un cielo rebosante de estrellas, o los trayectos a saltos en un jeep por el desierto. Y finalmente apareció alguien dispuesto a cuidarla, un vigilante del hotel nos hizo la oferta. Silencio, lágrimas en los ojos de mis hijos, la mirada de fragilidad infinita capaz de movilizar lo inimaginable, confeccionaron la respuesta. Ya no había término medio, el compromiso se llevaría hasta el final, con aquella seguridad interna que me invade cuando vislumbro de antemano un destino ya trazado. El destino de Miel era llegar a Barcelona. Pero…¿y el certificado de salud necesario, las vacunas, las líneas aéreas, las aduanas de España…? Todo saldría bien, lo sabía. Y Miel no tan solo no enturbió nuestro viaje, sino que lo enriqueció. Alrededor de ella, las normas se diluían, se permitía lo prohibido y se facilitaban las pesadas gestiones burocráticas. Reunía a viajeros, beduinos, directores de hoteles, controladores de aduanas, burócratas del ministerio de agricultura, veterinarios,.. todos contagiados por aquella mirada de fragilidad infinita, en aquel país de tierras bíblicas, donde en sus carreteras podías leer las señales que indicaban escasos kilómetros a lugares donde la violencia se había instalado: Siría, Irak, Israel o Egipto. Aquel pequeño ser con su fragilidad movilizaba con más eficiencia que las redes sociales. 

Miel llegó finalmente a Barcelona. Vivió tan solo dos días con nosotros. Murió el tercero. Yo estuve con ella en sus últimas horas, apegada a su mirada. No quería entender lo que sus ojos me estaban diciendo, que  su misión ya había concluido. Pero me resistía, no quería entenderla y le suplicaba llorando: “Miel, no te mueras por favor..”

Miel se fue aquella noche mientras dormía, se marchó como llegó, sin pedir permiso. Su destino no era el de compartir la cotidianidad de nuestras vidas, no estaba destinada a vivir el amor humano. Era una chispa de amor divino en un planeta atormentado. El amor por el amor, sin propósito, pero capaz de movilizar lo más bello que poseemos. El amor que no se rinde ante el miedo, que no contempla las dificultades, que se entrega en su totalidad, capaz de inspirar y transformar.

Comments

german
# german pinto
lunes, 16 de septiembre de 2013 12:41
Bonita historia,muy tierna entre tanta basura mediatica.Veo éste blog un poco desangelado,donde estan todos y todas los que comentaban los artículos?menuda espantada!!!!.